Visitando Querétaro...
La semana entrante nos comunicaron que por razones de trabajo debíamos viajar a Querétaro, una ciudad mucho más chica que

Ciudad de México con aproximadamente 1 millón de habitantes. Nos fuimos el Miércoles 18 Mario, Marcello y yo en un auto a las 5:30 AM (el resto de mis compañeros había partido el día anterior). Lo primero que nos llamó la atención, es que las calles estaban como si fuera de día. Lleno de autos. En el camino pasamos dos peajes y un puesto en donde nos pararon para revisarnos. Son como los puestos de los carabineros en Chile, salvo que acá son de los militares.

Llegamos a un condominio en donde habíamos arrendado 2 casas y en donde el Jueves pudimos hacer un asado en uno de los patios.
La Vero con la Mara por mientras se dedicaron a revisar los malls y cines en Ciudad de México, y partieron el Viernes a Querétaro.

Como teníamos que dejar las casas, nos fuimos al Radisson en donde también alojó Marcello con la Claudia (su señora) y la Sofía (su hija).
En la noche salimos a conocer y fuimos a la "Hacienda de don Ramón". Luego de esperar a Marcello que siempre se pierde (su sentido de orientación no es muy bueno) nos decidimos a probar los chapulines y los gusanos de maguey. Los chapulines son unos saltamontes de color rojo, que habitan en los campos de elote (choclo).

Los gusanos de maguey no son mas que otro de los productos del agave o maguey (desde donde se extrae el tequila) y crecen alimentándose de su raíz. Los chapulines los sirven en sopes (unas mini tortillas) con queso fundido encima y son salados y con un dejo a maní. Con los gusanos (que son del tamaño de un dedo meñique) ocurre algo parecido, salvo que los sirven en un plato para que uno mismo se prepare unas tortillas con guacamole.

En ambos casos los fríen, y quedan crocantes, parecidos a un suflito. Luego de tamaño festín, dijerimos todo con unos tequilas con sangrita (un acompañante que viene a reemplazar el típico limón con sal) y que se prepara a base de jugo de tomate, naranja, sal, ají y cebolla todo pasado por cedazo. Luego de eso nos fuimos a acostar.
Camarones hasta reventar...
Al

día siguiente nos levantamos y fuimos a unos outlet. Hay buenas cosas de varias marcas a precios convenientes. Cuando nos dió hambre, decidimos probar un restaurant que alcancé a ver a la pasada en uno de nuestros viajes.

Se llama "El ballenato" y tiene la gracia que uno puede comer todo el camarón que pueda. Probamos de todo: en paella, asado, en salsa chipotle, en salsa barbacue, a la plancha, en cóctel (ceviche),

en mole, en salsa blanca, etc, etc, etc...
Cuando terminamos volvimos al hotel y nos pasamos a castigar con la Vero y Marcello al bar.
Luego de descansar, en la noche fuimos a comer a "La vaca asada" en donde tenían verdaderamente buena carne.

Estaba todo muy rico, incluyendo el postre de brownie con helado. Finalmente nos fuimos todos a acostar.
Al día siguiente almorzamos en otro restaurant de mariscos, en donde también servían camarones (esta vez no en buffet) y volvimos a Ciudad de México.
Asado chileno en México...
Como Miguel se iba, hicimos un asado chileno en la casa de Marcello. La María Cristina (Mara) nos llegó a visitar desde Chile, por lo que pasamos primero a recogerla al aeropuerto, nos fuimos al departamento a dejar las maletas, y de ahí al asado. Costó un mundo encontrar parrilla y carbón. De hecho las parrillas como las conocemos en Chile no existen. Acá están las barbacoas, que tienen tapa y son cerradas. Compramos arrachera (una carne delgada que aún no puedo identificar que parte del animal es) unos T-bones (entrecot) y longanizas (que tienen un sabor más fuertes y las hay rojas y verdes). El carbón es muy malo, cuesta mucho que encienda, y una vez encendido echa mucho humo. Comimos bien tarde, y nos fuimos primero ya que la Mara estaba muerta (y más encima era mucho más tarde para ella por las 3 horas de diferencia con Chile).
Una cantina mexicana...
El mismo día que regresamos de Guatemala con Ricardo, comenzaba la despedida de un compañero del trabajo. Quedamos de juntarnos en una cantina, por lo que luego de la pega, nos fuimos allá.
Llegamos a la cantina y tenía unas puertas tipo "del oeste". Cuando entramos y pedimos la carta, lo primero que me llamó la atención es que en las cantinas sólo se compra trago... ok... eso no sonó muy raro... la cosa es que cuando uno compra trago, la comida viene de "yapa"... por ejemplo, si uno compra 20 cervezas, viene con un kilo de arrachera (un tipo de carne) frijoles, guacamole y tortillas. Si uno quiere comprar el kilo de arrachera solo, no lo venden. O te lo venden, pero te dejan igual las 20 cervezas y si después no te las tomas, es problema tuyo. Con esa excusa, nos vimos obligados a pedir las 40 cervezas entre todos, mientras cantaban unos mariachis de "cantina". Estos son distintos al mariachi típico de traje, ya que es la versión "huachaca", pero mucho más simpático. Como nos cantaron todo el rato en la oreja en una mesa del lado, nos tenían chatos y un compañero para hincharlos los llamó para que nos cantaran, y les pidió una cueca para que se fueran de una vez. Cuento corto: los desgraciados se sabían una cueca, así es que agarramos vuelo y estuvimos tonteando hasta que cerraron la cantina. Como no nos queríamos ir, el mozo nos ofreció una cerveza en la puerta. Nos largamos a reír y partimos. Lo más divertido es que llegamos a la puerta ¡y efectivamente nos dieron una cerveza!. Tomamos taxi y cada uno se fué a su casa.
Expulsado a Guatemala...
Como tenía que arreglar el problema con mi visa, tuvimos que organizar con Ricardo un viaje fuera de México. La primera intención fue hacer un vuelo flash a Chile, pero luego (por tiempo) lo cambiamos por el viaje al país más cerca que existiera: Guatemala.
Sin averiguar mucho, hicimos un bolso y el día Miércoles en la mañana nos fuimos directamente a una agencia de viaje. Ahí nos vendieron pasajes para las 14:00 a Guatemala, con regreso al día siguiente a las 10:30 de la mañana. Tomamos un taxi y partimos directo al aeropuerto. Aprovechamos de almorzar en un "Ruby Tuesday" dentro del duty free mientras esperábamos la llamada. Finalmente nos embarcamos y 2 horas más tarde ya estábamos haciendo los trámites de aduana en Guatemala. Lo primero que hicimos fue cambiar dólares. La moneda oficial de Guatemala es el Quetzal, nombrada así en honor al ave nacional de Guatemala, que es un pájaro verde con pecho rojo. El cambio estaba a 7,5 quetzales por dólar (algo así como 70 pesos chilenos por quetzal).
Nos pusimos a buscar hotel, y luego de conseguir un mapa de la ciudad y averiguar cuáles eran las mejores zonas, nos conseguimos uno cerca del aeropuerto y del centro nocturno de la ciudad. El hotel se llamaba San Carlos, y por 100 dólares nos dieron una suite que tenía living, comedor, cocina, 2 habitaciones, traslado aeropuerto-hotel, hotel-aeropuerto y desayuno continental.
Mientras veníamos en el taxi al aeropuerto, pasamos por un lugar en donde nos indicó que era la "zona viva". Salimos decididos a ir para allá, y en el camino comprobamos que es una ciudad chica. Comparativamente, sería como alguna ciudad de provincia en Chile. 
Llegamos a la zona viva y lo primero que nos llamó la atención, es que la zona estaba muerta. No había ni un alma. Era inmensa eso sí: Son cuadras y cuadras de locales tipo Avda. Suecia allá en Chile. Bares, restaurantes, discotecas, casinos, bingos, etc... Frente a cada local en donde se manejara dinero (bingos, hoteles y casinos) habían guardias armados con metralletas "para nuestra seguridad" nos decían... Frente a cada restaurant lujoso, vans negras con vidrios polarizados y guardias con lentes oscuros, indicando que alguna "personalidad" se encontraba en el interior. De pura casualidad fuimos a dar a un mall, con hartas tiendas, cuatro pisos y casino incluído en el último. Dimos una vuelta y decidimos volver cerca del hotel en donde habíamos visto un pool.
Pasamos a jugar unas mesas y a tomarnos unas cervezas, y cuando finalmente nos dió hambre, partimos a alguno de los restaurantes que habíamos visto en el camino. Decidimos pasar a uno que decía que era de carnes y mariscos (y que tenía su correspondiente van de guardias a la salida). Entramos, y como no había mucha gente (al igual que en todo el resto de los locales) nos atendieron como 5 mozos. Pedimos un trago a base de jugos y ron y una entrada de anillos de calamares apanados con salsa tártara. De plato de fondo nos pedimos unos medallones de puyaso (lomo en Chile) con camarones a la plancha, papas asadas, elote (choclo) y ensalada de lechuga con tomate, todo matisado con un Cabernet Sauvignon Gran Reserva del 2003 de la viña Cousiño Macul. Al final nos mandamos un postre y nos fuimos a descansar al hotel.
Al día siguiente nos levantamos y pedimos el desayuno a la habitación.
Traía un sandwich y frutas varias (melón, sandía, piña y papaya). Cuando terminamos, partimos al aeropuerto y como nos quedaba tiempo y quetzales, compramos algunos recuerdos. Finalmente tomamos el avión de regreso y al llegar continuamos con el trabajo.
De regreso a Ciudad de México...
El Miércoles 4 de Enero nos levantamos muy temprano para regresar a Ciudad de México. Tomamos el bus y luego de 5 horas de viaje arribamos al departamento que arrendamos recién. Por primera vez lo recorrí completo y es bastante amplio.
Después de trabajar toda la semana, el fin de semana nos juntamos con los compañeros de oficina en el D&B y ahí me enteré que tendría que arreglar un problema con la visa, ya que el Martes 10 de Enero vence mi visa de negocios.
Al día siguiente fuimos con la Vero al cine. Es más barato que en Chile y los asientos son mas cómodos. Además nos contaron de un cine VIP, que tiene sillones tipo salón-cama con mesas al frente, y uno puede pedir de tomar y comer durante la función. Aún no entiendo como lo hacen, pero vamos a ir la próxima vez para saber que tal es.
Buceando en Acapulco, día 5...
Nos levantamos muy temprano ya que llegó una van a recogernos. Nos fuimos Elías, la Sani, la Vero y yo. Llegamos a un puerto en Acapulco, en donde nos probamos las gualetas que ibamos a usar. Compramos una cámara submarina para fotografiar todo y nos subimos a un barco. Partimos bordeando la bahía mientras la Sani y la Vero tomaban sol. Hay muchas casas de artistas famosos y políticos corruptos en la rivera. Son inmensas y todas con muelles privados.
Luego de salir de la bahía por el lado derecho, bordeamos y llegamos a una pequeña isla en donde nos detuvimos. Nos hicieron un pequeño curso, en donde nos enseñaron a respirar con el tanque, y que hacer en determinados casos de emergencia. Hay que aprender las señas también y después nos tiramos al agua. La Vero se puso a hacer snorkel y yo me undí con el grupo que hacía buceo.
Apenas tocamos el fondo, el guía encontró un caballito de mar y nos lo pasó. Cuando sienten peligro, su mecanismo de defensa es hacerse los muertos, así es que uno los puede tocar sin problemas. Seguimos por el fondo, y más allá encontramos un pez que parece roca. Tratamos de alcanzarlo como al caballito de mar, pero no pudimos. Luego tomamos unos erizos, unos cangrejos que parecen arañas, y nadamos entre los cardúmenes. Por mientras la Vero nadaba en la superficie y el guía le pasaba cosas que iba a recoger al fondo. Le llevó un pez globo, y después un pulpo que se le pegó en la mano. Luego subimos al bote nuevamente y regresamos a tierra.
Cuando salimos del muelle, pasamos a una feria a comprar recuerdos y otras cosas. Al final del día nos fuimos al "Hooters" con todos los chilenos a tomarnos unas ceervezas para despedirnos de Acapulco. Después partimos al hotel a dormir, ya que a primera hora volvíamos a Ciudad de México.
Parque acuático, día 4...
Al día siguiente nos levantamos y luego de almorzar el

"El Portón" (un restaurante de la cadena de supermercados Wal-Mart), nos fuimos al parque acuático. Habían toboganes de muchos tipos y varias piscinas.
Pasamos a ver unos delfines con los que uno se puede poner a nadar (no lo hicmos ya que hay que hacer reserva) y

después vimos su show. Cuando salimos, nos fuimos a nadar a la piscina más grande que tiene olas.
En la noche fuimos a comer sushi, y al final del día volvimos al hotel . Aprovechamos de llamar a un lugar en

donde se puede bucear, así es que nos pasan a buscar temprano. Vamos a ver como nos va.
Después de año nuevo, día 3...
Al día siguiente salimos a caminar, y en la costanera
habían esculturas de arena. Fuimos a almorzar a "El fogón" junto al Marco y la Cecilia... Yo probé unos tacos al pastor como siempre, y la Vero se comió una papa rellena.
Después de comer nos fuimos a una playa en Acapulco. En cualquier lado, existe servicio a la playa: uno puede sentarse en una mesa o silla de playa, y mandar a pedir a la carta desde caipiriñas y cervezas, hasta camarones.
El agua es tibia y uno puede estar nadando todo el día en el agua sin enfriarse. Lo más divertido, es que para los mexicanos el agua está "helada", ya que no se compara a la temperatura del agua en verano.
En la noche nos juntamos con Elías, la Sami, el Marco y la Cecilia y nos fuimos a comer al "Planet Hollywood".
Después pasamos al "Hard Rock Café" que está al lado y de ahí nos fuimos al hotel.
Año nuevo en Acapulco, día 2...
Nos despertamos temprano para

ir a ver los famosos clavados de Acapulco. Salimos del hotel y nos fuimos por la costanera en el auto que estaba usando Marcello (un compañero de oficina), su señora (Claudia), su hija (Sofía), el Marco y la Cecilia (su polola).
Llegamos luego de viajar bastante (quedaba en el otro extremo de la bahía) y al bajar, tuvimos que bañarnos en bloqueador. Eran alrededor de las 12 PM y nunca en mi vida había sentido tanto calor. Era desesperante. Bajamos una escalera y pagamos la entrada (7 dólares) y luego continuamos bajando hasta un mirador que se encuentra al frente desde donde se tiran los clavadistas.

Después de un rato, llegaron 3 que se tiraron por donde estábamos, nadaron y comenzaron a escalar el roquerío del frente que es desde donde finalmente se hacen los clavados. Esperaron a un niñito que no debe haber tenido más de 10 años, y comenzaron a lanzarse.
Terminado el show, tomamos el auto y nos fuimos a almorzar. Nos detuvimos en el centro de Acapulco y caminamos hasta detenernos en un restaurant que nos tincó. Yo me mandé unos tacos al pastor, y la Vero se comió una ensalada de frutas, todo acompañado con una jarra de agua de

Jamaica (que se prepara hirviendo los pétalos de la flor de ibisco que encontramos también en Chile y agregándole azúcar) pero que yo estoy convencido que es jugo Yupi (el sabor es idéntico).
Comenzamos a discutir que hacer en la noche (para el año nuevo) y nos fuimos a recorrer hoteles. Entramos a ver al Crowne Plaza de Acapulco y todo se veía muy bueno. Al final compramos una cena en otro hotel, ya que todo el resto de chilenos iba a celebrar allá.

Volvimos al hotel, descansamos un poco y salimos a la cena (que era un buffet a partir de las 8:00PM). Comimos, tomamos y lo pasamos muy bien. Cuando llegó el año nuevo tiraron fuegos artificiales, todo amenizado con bailes típicos de varias localidades de México. Al final de la noche partimos directo al hotel a descansar.
Viaje a Acapulco, día 1...
Nos fuimos al terminal de buses, y

nos hicieron pasar por un detector de metales (como en el aeropuerto) y un policía registraba a los pasajeros antes de subir.
El bus era muy cómodo y los asientos eran bien amplios, pero para comer solo ofrecen un paquete chico de maní y bebida para rellenar. Luego de 5 horas de viaje y que se nos taparan los oídos (hay mas de 2.000 metros de altura de diferencia entre D.F. y Acapulco) lo primero que me impresionó fue el clima húmedo.

Lo había escuchado muchas veces, pero nunca pensé que fuera así. Me lo habían descrito como un sauna, y yo siempre pensaba "Ah!... debe ser muy caluroso", pero en realidad la mejor forma de definirlo es eso: un sauna. Es como ir saliendo de la ducha caliente, y que todo estuviera con vapor... sólo que el vapor no se va nunca.

Llegamos y tomamos unos taxis que nos cobraron 100 pesos mexicanos hasta el apart hotel en donde nos alojaríamos. Sólo el último día nos enteraríamos que en realidad se dieron una vuelta increíblemente larga, que acá en el D.F. no habría costado más de 20 pesos mexicanos.

Llegamos finalmente, bajamos las maletas y nos instalamos en el apart hotel. La Vero entró a la pieza y no lo gustó. La alcancé a fotografiar en su momento "Yo me voy de aquí" mientras agitaba su mano. Cuando paré de reír, buscamos a Marco que andaba con su polola que llegó de Chile a visitarlo, y salimos a dar una vuelta.

Vimos hartas discos y restaurantes que nos tincaron muy entretenidos, así es que esperamos poder conocer la mayoría. Finalmente caímos a un Burger King (lo único que habíamos comido en todo el día era el desayuno) porque fue lo primero que vimos.
Volvimos al hotel, con la intención de levantarnos temprano para ir a conocer.
Cambio de departamento...
Desde el Martes 27 nos estábamos preguntando si lo del departamento iba a funcionar.
Llegó el Jueves y en la oficina me llevaron a conocer un nuevo lugar en donde almorzar. Es lo más parecido a comida casera que he probado. Es un local chico que atiende una señora y que cuesta 30 pesos mexicanos ($1.500 pesos chilenos). Esta incluye el jugo (que puede ser de tamarindo, jamaica o guayaba), una sopa, el primer plato (que puede ser por ejemplo un arroz con huevo y frijoles) y finalmente un segundo (que puede ser la alternativa del día, que va desde las milanesas o escalopas hasta el pollo encacahuatado).
El mismo día recibimos la confirmación para el cambio de departamento. Al día siguiente, luego de levantarnos y hacer trámites, nos fuimos con la Vero a firmar el contrato. Nos pasaron las llaves y nos dedicamos a trasladar las maletas desde las suites hasta el nuevo departamento. Lo alcanzamos a ver 1 minuto antes de salir corriendo, ya que a las 18:00 salía nuestro bus a Acapulco, en donde vamos a pasar el año nuevo.
Tomamos un bus muy grande y con buenos asientos y nos fuimos a la playa.